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domingo, 7 de julio de 2013
ESCRITOS DE LA MADRE ANGELICA : SU DOLOR COMO EL MIO ------POR RITA AMODEI
Su Dolor, Como el Mío
Usualmente, miramos a Jesús con una actitud estereotipada. Aceptamos fríamente con dureza de corazón sus sufrimientos y su dolor. De alguna manera pensamos, al menos inconscientemente, que Él tenía que hacer lo que hizo y nos quitamos el peso de encima encogiendo los hombros, sin la más mínima idea de lo asombroso que es el hecho de un Dios sufriente. No podemos comprender un amor que quiere experimentar nuestra miseria. El único amor que entendemos es ese que da calor a nuestros corazones y toca nuestras emociones. Preferimos sentir compasión o simpatía a sentir el dolor concreto de aquél a quien amamos.
Podemos ver a alguien que sufre de cáncer, pero nunca desearíamos sentir realmente cada uno de sus agudos y crudos dolores. Solemos decir que preferiríamos sufrir antes que ver sufrir a los que amamos, pero esto es generalmente una simple expresión de simpatía.
Nuestra meditación acerca de Sus sufrimientos es superficial y distante. Simples expresiones de piedad si tenemos algo de devoción o la mera aceptación del hecho histórico de que Él vino, sufrió y murió. Nos cuesta trabajo recordar esta realidad durante la Cuaresma y rápidamente la olvidamos en Pascua. Con qué alegría ponemos a un lado sus sufrimientos y sacamos los vestidos pascuales como si nos estuviéramos sacando algo desagradable de encima y empezáramos algo nuevo. Sí, la alegría de la Resurrección debe habitar siempre en nuestros corazones y darnos aquella esperanza que no conoce tristeza. Pero ¿acaso nos olvidamos de cuál es el signo pascual que asegura aquella esperanza con una fuente inagotable de alegría? “Mira mis manos y mis pies” fue lo que le dijo Jesús a Tomás. Su cuerpo resucitado y glorioso aún portaba las heridas. Pero estas heridas nos ofrecen un gran consuelo, la mayor alegría y confirman nuestra esperanza. Estas heridas nos abren el secreto de Su amor y nos otorgan una firme confianza en Su misericordia. Nunca más podremos dudar de su amor por nosotros, ni reclamarle por permitir que suframos injusticias en nuestras vidas, cuando Él nunca sufrió este doloroso aguijón.
Antes de la Redención podríamos haberle preguntado ¿Oh Dios, cómo sabes Tú lo que significa sufrir? ¿Estuviste alguna vez hambriento o sediento? ¿Has tenido acaso noches llenas de miedos o días de largas horas que soportar dolorosamente? ¿Alguna vez te has sentido solo o rechazado? ¿Alguna vez te han tratado injustamente o has llorado acaso? ¿Acaso alguna vez el poderoso viento ha atravesado tus huesos y te ha hecho temblar de frío? ¿Has necesitado alguna vez de un amigo, y al verlo llegar, observar como te da la espalda?
Su respuesta a todas estas preguntas hubiera sido “No”. Pero ahora ya no podemos fantasear mas porque su amor ha respondido a preguntas nunca antes pronunciadas. Ha querido sentir lo que nuestra naturaleza siente, soportar la debilidad y las limitaciones de nuestra condición pecadora, cargar con nuestro yugo y temblar con el viento frío.
“Las aves tienen nido y los zorros una guarida –le dijo a sus discípulos– pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9, 58). El comprender que el amor de Jesús compartió y sigue compartiendo nuestras penas y dolores, nos llena de una alegría “que ningún hombre puede quitarnos”. Nuestra alegría pascual constante está misteriosamente tejida y entretejida por la Cruz.
El cristiano experimenta y vive una paradoja. Siente alegría en el dolor, plenitud en el exilio, luz en la oscuridad, paz en la turbación, consuelo en la sequedad, contento en el sufrimiento y esperanza en la desolación. El cristiano comprometido tiene la habilidad de asumir el momento presente, mirarlo con la cabeza en alto, encarnar el espíritu de Jesús en las mismas circunstancias y actuar conforme a Él. Es difícil pero Él nos dijo que lo sería, porque la felicidad que nos ha prometido está más allá de esta vida. Se nos ha dado la oportunidad de ajustar nuestras vidas a vivir para siempre con la Santidad misma. Veamos como se asemejan nuestras vidas con la de Jesús, quizás sea más fácil cambiar nuestras vidas según la suya.
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En el Evangelio de San Mateo vemos que Jesús había curado a dos endemoniados. Estos dos hombres habían sido poseídos por unos demonios que le imploraban a Jesús que los deje entrar en una piara de cerdos antes de enviarlos al infierno, su hogar eterno, y Jesús se lo permitió. Los dueños del ganado estaban tan asombrados que corrieron a la ciudad a quejarse por la pérdida de sus cerdos, y entonces vemos una extraña reacción en la gente, una reacción desconcertante que le causa a Jesús mucho dolor. La Escritura nos dice que estos dos hombres que fueron sanados, eran fieros y violentos y significaban una constante fuente de temor para el pueblo. La reacción del pueblo ante tal curación debió haber sido de gratitud y de amor. Sin embargo leemos luego que “el pueblo entero se reunió para encontrarse con Jesús y tan pronto lo vieron le pidieron que abandonara su región” (Mt 8, 34) Prefirieron unos chanchos que a Jesús, prefirieron mantener las cosas como estaban a cambiarlas si ello les había de costar algo. Temían ver al Poder Divino en acción. Eso hubiera significado renunciar a sus propias maneras y prefirieron que Dios los dejara solos.
Hay muchas ocasiones en la vida de un cristiano en las que sus actos de amor y sacrificio no son valorados, como cuando uno trata de hacerle ver a un anciano que está en camino y cuando aquellos que amamos nos hacen sentir no queridos. Cuando surgen estas ocasiones el alma debería recordar el profundo dolor que debió haber sentido el Corazón de Jesús al escuchar que lo echaban, se sintió tal como nosotros –dolido y golpeado– pero quiere que unamos nuestro dolor al suyo y se lo ofrezcamos al Padre por la salvación de las almas.
Los prisioneros también pueden ser relacionados con este incidente en la vida de Jesús de un modo muy especial. Estos dos hombres habían sido liberados de muchos demonios y estaban listos para reincorporarse a la sociedad una vez más, habían pagado lo suficiente por su indulgencia: habían sufrido humillaciones a su dignidad, faltas de respeto y una total desesperación, sin embargo la alegría que esperaban ver en la multitud no aparecía. Nadie se impresionó por su conversión, solo se quejaban por lo que había costado; los dos hombres liberados por Jesús habían sido liberados de la violencia, de demonios llenos de odio, y ¿no sucedía más bien que aquellos pobladores se encontraban bajo la influencia de los silenciosos demonios de la avaricia, la ambición, la auto-justificación y la autosuficiencia? No podemos imaginar el estado de cada una de aquellas almas que le pidió a Jesús que dejara su ciudad. Es irónico ver como aquellos que estaban tan visiblemente poseídos fueron liberados por el poder de Jesús y aceptaron su amor, mientras que aquellos respetables ciudadanos le rogaron al Dios de la Misericordia que los dejara solos.
¿Será que todos estamos en una especie de prisión? ¿Será posible que aquellos que están en la cárcel hoy en día, públicamente castigados por su violencia y sus crímenes, tengan la oportunidad de cambiar y de volver a Jesús, de aceptar su amor y terminar siendo más libres de corazón y alma que aquellos que están fuera de los muros de la prisión?
El arrepentimiento puede hacer que los rechazados sean agradables a Dios, mientras que el orgullo hace de los que son aceptados por el mundo y sus patrones, rechazados por Dios. Cuando construimos muros de prejuicios, odio, orgullo, y autocompasión a nuestro alrededor, nos encontramos ciertamente más encarcelados que cualquier prisionero detrás de unas paredes de cemento y unas barras de acero. Hay muchos prisioneros así, de por vida, que nunca han experimentado la libertad de los hijos de Dios, solo el confort y la falsa protección de la oscuridad. El dolor del cambio los asusta tanto que prefieren la autosuficiencia y la autocomplacencia a la Palabra de Dios o al Poder Sanador de su Cruz.
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Uno de los sufrimientos más frustrantes que Jesús debió haber padecido fue el de la incomprensión, incomprensión de aquellos que lo amaban y falta de aceptación por parte de las autoridades. Un salvador sufriente no era aceptable para ninguno de ellos. Un líder espiritual que gastara tiempo cambiando almas en vez de gobiernos no tenía lugar en sus regímenes. Él sabía lo que verdaderamente necesitaban para entrar en el Reino de su Padre, pero ellos estaban interesados en el Reino de este mundo –ellos lo llamaban una realidad viva– y él lo llamaba muerte. Ellos creían que esta vida era la única, y Él les decía que era solo un exilio mientras esperaban algo mayor. Él hablaba de los pobres como benditos, y les decía que era mejor ganar la virtud a ganar el mundo entero, pero para ellos la gloria mundana era demasiado como para dejarla por alguna realidad invisible.
Sus apóstoles eran lentos para entender las más sencillas parábolas y generalmente le pedían que se las explicase después que la multitud se había marchado. Él trataba tanto de traer el Misterio del Amor del Padre al lenguaje de los niños, pero incluso éste estaba fuera del alcance de sus discípulos, hombres destinados a predicar la Buena Nueva a todo el mundo. Muchas veces los miraría asombrado para preguntarles “¿Aún no entienden?” (Mc 7, 18) Incluso sus milagros fueron incomprendidos, su autoridad cuestionada y sus parientes lo vieron como un hombre insano. Su discernimiento era cuestionado porque le permitía a una pecadora tocarlo y su reputación puesta bajo sospecha porque comía con pecadores. Cuando curaba en sábado, era un quebrantador de la ley y cuando proclamaba al Amor como el mandamiento más importante, era considerado un heterodoxo.
No debe existir ser humano que no haya experimentado el dolor de la incomprensión en su vida, de alguna u otra forma. Nuestras intenciones son rápidamente juzgadas y nuestra virtud llamada hipocresía. Nuestras ideas son muy audaces y nuestra precaución es llamada timidez. Los hijos acusan a sus padres de interferir en sus vidas cuando la amorosa corrección los advierte del peligro. Somos fanáticos extremistas si Jesús es parte de nuestra vida diaria, pero cuando alguna tragedia nos golpea, los amigos de Job nos enfrentan con nuestra falta de piedad y con la venganza de Dios que nos debe haber alcanzado por algún resentimiento escondido que debe estar oculto en nuestros corazones. Cuando somos compasivos con los pecadores se nos llama imprudentes y cuando por un instante la ira nos envuelve se nos acusa de no ser caritativos. La lista de incongruencias puede ser multiplicada por cien y mientras mas tratamos de arreglarlas, más enredados quedamos, pero siempre podemos mirar a Jesús y saber que Él entiende. Como Él, podemos hacer la voluntad del Padre con la luz que tenemos y estar en paz. Sus sufrimientos forman parte de nuestra redención, los nuestros forman parte de nuestra santificación.
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“En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal.” (Mc 4 37-38)
¡El Dios todopoderoso de cuyas manos planetas y galaxias cayeron se hizo hombre y estaba cansado! Había alcanzado un nivel de fatiga física tal que ni la lluvia, ni el viento, ni los gritos de una tripulación que gritaba sujetándose asustada podían superar. Estaba desecho, cada músculo, cada hueso, cada nervio habían alcanzado el máximo de sus capacidades y solo dormir le devolvería aquellas energías tan necesarias para que el cuerpo humano funcione bien.
Todos nos hemos sentido cansados, cansados por el trabajo y muchas veces cansados del trabajo. Todos hemos alcanzado un punto en el que hemos tenido que parar y descansar, y es en ese momento en el que podemos relacionarnos con Jesús de una forma muy consciente. Él y nosotros sabemos lo que significa estar exhaustos, podemos unir nuestras fatigas con las suyas y ofrecérselas al Padre como un holocausto de amor y obediencia. Nuestro trabajo, nuestra misión, y nuestro estado de vida, realizados de acuerdo a Su Voluntad, hacen de nuestro cansancio cotidiano un canal de gracia y fuerza. Se convierten en algo más que la consecuencia natural del esfuerzo, se convierte en sacrificio de alabanza, en acto penitencial, en holocausto personal de amor.
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“Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo». Le dijo Pedro: « ¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquél momento, estando aún hablando cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro…” (Lc 22, 59-61) Tenemos la tendencia a prestarle atención a la negación de Pedro en este pasaje de la Escritura, pero ¿nos hemos puesto a pensar en Jesús? Jesús había escuchado como Pedro llamaba “amigo” a un perfecto desconocido y luego negaba a aquél que era el único verdadero amigo que poseía: Jesús. El Corazón de Jesús estaba indudablemente golpeado. Aquellos que lo arrestaron lo odiaban y aunque su Corazón debió haber estado profundamente dolido, imaginen el amargo impacto de dolor que sufrió cuando escuchaba con sus propios oídos el rechazo de un amigo.
Pedro era el hombre a quien Jesús había amado mucho, dado mucho y de quien se había valido para llevar su mensaje de amor al mundo. Y He aquí que lo oye negar a Aquél a quien habría de representar en la tierra. ¿Puede alguno imaginar la profunda decepción y el hondo dolor que se daba en el alma de Jesús? Quizás podemos, quizás todos los seres humanos, en alguna o en otra ocasión. Los padres son heridos por los hijos quienes insolentemente rechazan su cariño, consejo, amor y protección. También los hijos, cuyos corazones claman por amor, ven muchas veces a sus padres ir tras cosas que perecen sin tener un poco de preocupación por aquellas almas que Dios les ha confiado para que cuiden como padres. La amistad también puede sufrir un golpe mortal cuando una de las partes consiente sospechas, desconfianzas, celos o incomprensión. Sí, todos podemos de alguna forma acercarnos al dolor del Corazón de Jesús mientras escuchaba a su amigo y compañero negarlo conociéndolo. Unamos nuestro dolor al suyo y entreguémoslo al Padre para la salvación de las almas, cuando experimentemos el rechazo de algún ser amado.
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“Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: «Demonio tiene». Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «Ahí tienes un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.»” (Mt 11, 18-19) No importa lo que Jesús hiciera. Las autoridades nunca estaban satisfechas. Envió a su profeta Juan, un hombre de gran austeridad, frugal, ascético y exigente. Su espíritu penitente azuzó sus conciencias y por eso lo condenaron. Jesús vino con un espíritu que era bueno, gentil, compasivo y lo empezaron a etiquetar con nombres de tal modo que apareciera pequeño y sin importancia.
Juan apeló a las noventa y nueve y las llamó a la conversión, Jesús fue en busca de la oveja perdida. Ambos, de cualquier modo, eran inaceptables. Algunos hombres desean el conocimiento para poder especular, pero no palabras llenas de espíritu que atraviesen el corazón y lo impulsen a cambiar.
No importaba lo que hiciera Jesús, alguna falta podía encontrársele. Cuando su ira se desató con los vendedores en el templo, cuestionaron su autoridad para resolver tales asuntos con sus propias manos, cuando su compasión se hizo misericordia con la adultera, cuestionaron su valentía. De todos modos, él ya le había advertido a sus apóstoles que la opinión de los hombres no le importaba (Jn 5, 41) Esto vale también para nosotros porque hay momentos en los que nuestros mejores actos y nuestras mejores intenciones son puestos en cuestión. Hay ocasiones en las que nos inclinamos para agradar pero no obtenemos nada a cambio. Cuando esto sucede debemos mirar a Jesús y hacer lo que Él hizo: Él cumplió la voluntad del Padre en cada momento sin importarle la reacción pública, Él camino su senda en paz. Él había venido a salvar a los hombres, no a dirigir la opinión pública, para Él era importante hacer lo que el Padre hizo y decir lo que había escuchado del Padre. Era la imagen perfecta del Padre y esta imagen le llevó tener a algunos en su contra y a ganarse otros a su causa. La elección era suya, su voluntad era libre. Les ofreció amor porque Él mismo era Amor, pero su paz no dependía de su aceptación. Su amor era lo suficientemente profundo como para continuar amándolos y poderoso para permanecer en paz cuando se preferían a sí mismos y no a Él. Su amor cubría a todos, eran ellos los que se apartaban del radio de su amor.
Vemos esto en el joven rico. Las Escrituras nos dicen que éste corrió hacia Jesús y “se arrodillo delante de Él”. Quería heredar la vida eterna y le preguntó a Jesús como hacerlo. Jesús le respondió que guardara todos los mandamientos, pero el joven encontró aquello sumamente fácil, ya se había hecho el hábito de guardar la ley, quería algo más, su alma sabía de alguna forma que había algo mejor. Entonces Jesús “fijando en él su mirada, le amó” y el pasaje continúa pero luego llega la decepción. El gran reto había sido lanzado: “Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, luego ven y sígueme.” (Mc 10, 17-22) Inmediatamente la grandeza del reto sacudió al joven como un trueno, no esperaba una respuesta así para su pregunta, no estaba listo para el sacrificio.
Jesús sabía lo que el joven rico debía dejar pero también conocía la gloria y el premio que perdería por toda la eternidad al dejar pasar la oportunidad de seguirlo. El joven pensó que tenía mucho que dejar, no pensó que dejaba más de lo que poseía al no seguir a Jesús. Sucede lo mismo con nosotros. Sabemos lo que causan las personas en sus almas inmortales cuando insisten en buscar cosas pasajeras, cuando las vidas disolutas están a la orden del día, cuando aparentemente no pueden romper con una vida de pecado. Su excusa es que no pueden vencer sus debilidades, y así, no entienden realmente lo que están dejando. ¡La paradoja está en que no pueden dejar la miseria, pero son capaces de renunciar a la alegría eterna!
Con cuanta certidumbre podemos decir que Él entiende nuestras penas y los dolores de nuestro corazón. Su dolor fue como el mío, ¡Gracias Jesús por amarnos tanto!
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Cortesía de:
Eternal Word Television Network
5817 Old Leeds Road
Irondale, AL 35210
EWTN Español
domingo, 16 de junio de 2013
SEMINARIO DE MUSICA SACRA . MUSICA SACRA MEDIEVAL .......POR RITA AMODEI
Breve compilado de algunas de las canciones que abarca nuestro repertorio.
1- Ave Maria (G.Caccini)
2- Non e gran cousa ,(cantigas de Santa Maria) cantiga numero 26
(Alfonso X El Sabio)
3- Stella Splendens ("Estrella Espléndida") canción recogida del "Libro Rojo de Montserrat",Contiene una colección de cantos medievales y otro contenido de tipo litúrgico que data de finales de la Edad Media.
4- Maravillosos e piadosos (Cántigas de Santa María),
colección de Alfonso X El sabio Rey de Castilla (Siglo XIII) Las cantigas constituyen el cancionero religioso medieval y son canciones en honor a la Virgen Maria . Alfonso reunió una colección de más de 400 de estas cantigas.
5- Da que deus mamou cantigas del Rey Alfonso, Cantiga numero 77 Da que Deus Mamou.
Esta es cómo Santa María sanó en su iglesia, en Lugo, a una mujer que tenía encogidos los pies y las manos."No es maravilla que sane al tullido aquélla de quien Dios mamó la leche de su pecho."De esto hizo Santa María un milagro hermoso, grande y piadoso, en su iglesia de Lugo, por una mujer que tenía paralítico y encogido por el mal lo más de su cuerpo.Que sus dos manos, de tal manera se le habían encogido, que se metieron hasta los hombros, y los calcañares, y por la misma razón, se metían en el maltrecho cuerpo.Después que vio que no la curaba ninguna medicina, se volvió a Santa María, la noble Reina, rogándole que no tomase a mal el que ella hubiera podido hacer, sino que en provecho suyo parase mientes en ella, de manera que sanase; y, si no que hiciera porque muriese pronto; y luego se hizo llevar en un lecho, pequeño y estrecho, ante su iglesia.Y, estando allí, hizo vida virtuosa, hasta que alcanzó la merced de la Señora llena de todo bien, en el mes de agosto, en el día escogido de su fiesta grande, como referido os será ahora por mí. Porque aquel día hizo que la entrasen en la iglesia de Santa María; y la Virgen no dilató la resolución, sino que le volvió sano todo el cuerpo. Pero sucedía de tal manera que allí donde sanaba, cada miembro, de suyo, estallaba, como la madera seca de un techo, cuando se extendía el músculo encogido.El obispo y toda la gente que estaban delante, viendo esto y oyéndolo, y llorando fuertemente, vieron que fue un milagro y no una trampa, y alabaron a la Virgen muy de veras.
6- Greensleeves
Canción tradicional del folklore ingles.
Cuenta la leyenda que fue compuesta por el Rey Enrique VIII de Inglaterra Siglos XV y XVI para su amante y futura reina consorte Ana Bolena , quien rechazaba los intentos de Enrique de seducirla. La canción alude aparentemente a este rechazo.
Greensleeves es el lamento del amante...
7- Cunti simus concanentes
Cuncti simus concanentes es una danza medieval de origen anónimo y fue compuesta para entretenimiento de los peregrinos que visitaban Monasterio.
Cantemos todos juntos, Ave Maria. Estando la Virgen sola se presento un angel, se llamaba gabriel y era enviado del cielo. Con radiante rostro dijo:
Oid queridos, he aquí que concebiras: ave maria cantemos todos juntos, ave maria, cantemos todos juntos ave maria.
Pariras un hijo y le llamaras Jesus
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MADRE TERESA DE CALCUTA --------POR RITA AMODEI
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Madre Teresa de Calcuta
1910-1997. Monja y misionera católica de origen albanés naturalizada india.
Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.
Más frases sobre: Amar
A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota.
Más frases sobre: Hacer
Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.
Más frases sobre: Sufrimiento
El amor, para que sea auténtico, debe
El amor, para que sea auténtico, debe costarnos.
Más frases sobre: Amor
El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz.
Más frases sobre: Fe
No debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y más feliz.
Más frases sobre: Felicidad
No puedo parar de trabajar. Tendré toda la eternidad para descansar.
Más frases sobre: Trabajo
La paz comienza con una sonrisa.
Más frases sobre: Paz
Dar hasta que duela y cuando duela dar todavía más.
Más frases sobre: Dar
Para hacer que una lámpara esté siempre encendida, no debemos de dejar de ponerle aceite.
Más frases sobre: Constancia
PELICULA PARA NIÑOS : EL ANGEL DE LA GUARDA , UN AMIGO SECRETO -------POR RITA AMODEI
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SANTO INCORRUPTIBLE : SAN NICOLAS DE BARI -----POR RITA AMODEI
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Reportaje con la Historia, vida, tradición y leyendas en torno a la figura de san Nicolás Obispo de Mira, y cuyos restos se trasladaron a Bari. Pastoralmente este personaje histórico cristiano, debe ser bien conocido para diferenciarlo de la imagen creada por el arte norteamericano, y no sobreponerlo a la fiesta más importante que es la natividad del hijo de Dios.
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SANTO INCORRUPTIBLE : SAN NICOLAS DE BARI --------POR RITA AMODEI
San Nicolás de Bari
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Se cree que nació Nicolás hacia el noveno decenio del siglo III y en la ciudad de Patara situada en Licia (Asia Menor). Sus padres eran nobles y, además, cristianos lo cual le facilitó a Nicolás una educación sólida tanto desde el punto de vista moral como intelectual encargándose de las mismas el obispo de Patara.
Desde que Nicolás nació se sucedieron una serie de circunstancias que, con el paso de los años, determinaron lo que vendría a ser aquel joven que, siendo aún niño repartía lo que conseguía entre los pobres diciendo que “sería un pecado no repartir mucho, siendo que Dios nos ha dato tanto” y manifestando un espíritu caritativo y entregado al prójimo.
Quedó huérfano Nicolás muy joven con una gran fortuna que repartió entre los más necesitados para irse a un monasterio. Fue ordenado sacerdote por un obispo que era tío suyo y, después de haber visitado Tierra Santa llegó a la ciudad de Mira, en Turquía, de la que fue nombrado Obispo porque el decano de los obispos, tras la muerte del titular de aquella diócesis le dijo, estando en su catedral “Esta noche misma, en un sueño con que Dios ha querido favorecerme, os ha señalado Él como futuro obispo a quien debemos elegir” y, aunque se resistió Nicolás nada pudo hacer en contra de aquel nombramiento pues, al punto entraron muchos creyentes que lo aclamaron como su obispo.
Fue perseguido por el emperador Licinio (no personalmente pero sí en el ámbito de una persecución general contra los cristianos a la que estaban acostumbrados los paganos que tenían su centro de poder en Roma) pero fue liberado por Constantino que había aprobado la religión cristiana en el año 313 a la que con ahínco se oponía el primero de ellos. Pero, incluso, en el momento de la persecución no cesó de predicar acerca de su fe a todo el que se encontraba con él. Además, luchó contra la idolatría y convirtió tanto a judíos como a árabes.
A San Nicolás se la atribuyen muchos milagros y, por eso mismo, es considerado patrón, por ejemplo, de los marineros (pues invocándolo ante una difícil situación salieron de la misma sanos y salvos) y mercantes, de los panaderos y, por supuesto, de los niños.
El nombre de Bari se le atribuye a que sus reliquias se veneran en aquella ciudad italiana al haber sido allí trasladadas (año 1087) de su original alojamiento para evitar la profanación sarracena. Por otra parte, la relación entre San Nicolás de Bari con Santa Claus viene traída por la fama que tenía el santo de bondad hacia los demás y, en especial, hacia los niños y, aunque la misma sea cierta lo que tampoco se puede negar es que la utilización mercantilista que se ha hecho de la figura de San Nicolás está bastante fuera de lugar.
Se supone que San Nicolás asistió al Concilio ecuménico de Nicea en el año 325 y que falleció en el año 344 o 345.
Nos podemos dirigir a San Nicolás de Bari con la siguiente oración:
¡Oh glorioso san Nicolás mi especial protector! desde aquella morada de luz, en que gozáis de la presencia divina, volved piadoso vuestros ojos hacia mí, y alcanzadme del Señor aquellas gracias y auxilios convenientes a mis presentes necesidades, tanto espirituales como corporales, y en particular la gracia (mencionar aquí), que sea conducente para mi eterna salvación. Proteged también, oh glorioso santo obispo, a nuestro Sumo Pontífice, a la Iglesia santa y a esta devota ciudad. Reducid al camino recto de la salvación a los que viven sumidos en el pecado, o envueltos en las tinieblas de la ignorancia, del error y de la herejía. Consolad a los afligidos, socorred a los necesitados, confortad a los pusilánimes, defended a los oprimidos, asistid a los enfermos; y haced por fin que todos experimenten los efectos de vuestro poderoso patrocinio para con el supremos Dispensador de todos los bienes. Amén.
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Rezar un padrenuestro y avemaría.
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SAN NICOLÁS DE BARI
(+ siglo IV)
San Nicolás de Bari vivió, según cálculos aproximados, desde el año 280 al 345. Se sabe de cierto que hacia la época del concilio de Nicea (325) era obispo de Mira, diócesis del Asia Menor. Es probable, aunque no está probado, que asistiera al concilio. Murió en la capital de su diócesis y fue sepultado en la catedral. En el año 1087 sus restos fueron trasladados a Bari, en Italia.
Si tuviéramos que atenernos a lo históricamente demostrado, podríamos terminar aquí. Pero hay un gran hecho histórico que no se puede desconocer: la devoción a San Nicolás de Bari, intensa y extensa. Podríamos decir que, si los milagros abundantísimos que se atribuyen a San Nicolás no están probados, sí lo está el milagro patente de que sea el Santo de iconografía más numerosa, de tal modo que las imágenes de San Nicolás sólo ceden en número a las de la Santísima Virgen. Los marineros del Mediterráneo oriental le veneran como patrono. Los niños de muchos países esperan de él los juguetes. Y Nicolás quiere decir en griego "vencedor de pueblos". Si no tenemos una biografía suya hasta cinco siglos después de su muerte (847), y en ella hay más devoción entusiasta que documentación histórica, poseemos una tradición ininterrumpida que nos autoriza a trazar aquí la biografía popular entrañable del Santo de Mira y de Bari.
En este relato tradicional puede efectuarse una discriminación que separe lo probable o admisible de lo improbable y absurdo. Que sus padres se llamaron Epifanio y Juana se puede admitir. Es pura leyenda que se tratase de un matrimonio estéril al que un ángel se apareció anunciándoles el nacimiento de un hijo llamado a la santidad. Se quiere que esta vocación fuese tan fuerte que el recién nacido se apartaba del pecho nutricio los días de ayuno. La imaginación popular se ha recreado con esta imagen y la misma actitud ha sido atribuida a otros santos.
Temprana y ejemplar devoción juvenil, encendida caridad, que se manifiesta desde la infancia. ¿Por qué no? Que su caridad moviese a Dios a un gran milagro en plena juventud de Nicolás y en la ciudad de Pátara, donde se afirma que nació, ya pertenece a una leyenda piadosa un poco excesiva. Al dirigirse Nicolás al templo, según esta leyenda, una pobre paralítica le pidió limosna. Pero el Sauto había repartido ya todo lo que llevaba, y entonces, elevando los ojos al cielo y orando internamente con brevedad, dijo a la paralítica: "En el nombre de Jesús, levántate y anda". Y al momento recobró la pobre mujer el uso de sus miembros paralizados.
De los hechos de la vida del Santo, el más difundido y el más generalmente aceptado por doquiera no es milagroso de suyo, aunque sí muestra de generosa y encendida caridad. Había en Pátara, según se dice, un hombre rico venido a menos que tenía tres hijas muy hermosas a las que no podía casar por falta de dote. Y el hombre fue tan ruin que maquinó el prostituir a sus bellas hijas para obtener dinero. Súpolo Nicolás—no es necesario admitir que por especial revelación divina, como quieren algunos—y, deslizándose en el silencio de la noche hasta la casa donde habitaban el padre y las hijas, arrojó por la ventana de la alcoba del hombre una bolsa de oro. Se retiró sin ser oído. Al día siguiente el hombre, con enorme regocijo, abandonó su criminal idea y destinó aquel oro a dotar a una de las muchachas, que inmediatamente se casó. El Santo, al advertir el excelente fruto conseguido, repitió su excursión nocturna y dejó otra bolsa. Y éste fue el dote de la segunda de las jóvenes. Nicolás repitió el donativo la vez tercera, pero en esta ocasión fue sorprendido por el padre, arrepentido ya de sus malos pensamientos, que se explayó en manifestaciones de gratitud y de piedad. Por él se supo lo ocurrido y que había sido Nicolás el generoso donante. Como la tradición quiere que las tres veces que el Santo dejó la bolsa ocurriera el hecho en lunes, en esto se funda la devoción de los tres lunes de San Nicolás.
Se afirma que el Santo perdió a sus padres siendo aún muy joven y que, sintiendo vivamente la vocación sacerdotal, acogióse al amparo de un tío suyo, que le precedió en la silla episcopal de Mira. Este último detalle no puede darse como cierto. Ni tampoco que, una vez sacerdote, se le confiase la abadía del monasterio de Sión. Y en cuanto a la peregrinación a Tierra Santa, que efectuó poco despues, parece que existe una confusión entre San Nicolás de Bari y otro Nicolás, también obispo, que rigió la diócesis de Pinara en el siglo VI. En los primeros textos biográficos de los siglos IX y X, los dos obispos del mismo nombre aparecen confundidos, pero la moderna investigación ha puesto de relieve la existencia del segundo, que había sido negada.
Sobre la designación de San Nicolás para la silla episcopal de Mira, hecho histórico indudable, flota también una admisible leyenda piadosa. Se afirma que, no llegando a un acuerdo los electores, un anciano obispo, sin duda por inspiración divina, propuso que se designara al primer sacerdote que entrase en el templo a la siguiente mañana. Este sacerdote fue San Nicolás, que tenía costumbre de celebrar muy a primera hora. Pareció con esto que el dedo de Dios lo señalaba, y fue electo y consagrado obispo de Mira, sede que ocupó hasta su muerte.
La ceremonia de la consagración se completa con un nuevo milagro sumamente dudoso, pero que citamos porque en él se funda la devoción de los que consideran a San Nicolás como abogado especial para casos de incendio. Quiere la tradición que, hallándose el nuevo obispo vestido de pontifical, penetrase en el templo una infeliz mujer que llevaba en brazos a un niño muerto abrasado. Lo depositó sin decir palabra a los pies del obispo, el cual oró brevemente, obteniendo del poder de Dios que el pobre niño volviese a la vida.
¿Fue martirizado San Nicolás durante la persecución del 319? ¿Estuvo en el concilio de Nicea? He aquí dos cuestiones dudosas históricamente, aunque en el terreno tradicional y devoto se contestan en sentido afirmativo. Se asegura que el obispo de Mira fue encarcelado por Licinio y sometido a tortura en la prisión, de lo que le quedaron cicatrices gloriosas, que mostró después en Nicea y que besó Constantino en la recepción final a los obispos concurrentes.
Pero no es nada seguro que San Nicolás estuviese enNicea. Si, por una parte, nos sentimos inclinados a admitir que estuvo por la sencilla razón de que acudieron allí más de 300 obispos y se cuentan de fijo entre ellos casi todos los del Asia Menor, por otra hay que reconocer que, si estuvo, no se distinguió ni singularizó en nada, ni figura en la larga lista de prelados a los que se confió la difusión de los acuerdos del concilio. No hay que decir que es un puro absurdo la anécdota de San Nicolás en Nicea, dándole un bofetón a Arrio. Lo probable es tal vez que, siendo la diócesis de Mira la menos contaminada por el arrianismo, San Nicolás, por esa razan o la que fuese, no acudió a Nicea.
Lo cual no impide que, en su viaje de ida al concilio, se sitúe el menos admisible y más burdamente popular de sus milagros, que debemos referir a pesar de todo, porque es la leyenda que mas influencia ha ejercido sobre la iconografía de San Nicolás. En la mayoría de las estampas e imágenes aparece San Nicolás al lado de una especie de cubo, del cual salen tres niños en ademán de orar y dar las gracias. Esto alude a una conseja atroz, a la que no se concede el menor crédito histórico. Pretende que, yendo San Nicolás camino de Nicea para asistir al concilio acompañado de Eudemo, obispo de Pátara, y tres sacerdotes más, se detuvieron al caer de la tarde en un mesón o ventorro donde determinaron pasar la noche. Al servirles la cena el ventero puso sobre la mesa una fuente llena de tasajos, al parecer de atún en escabeche. Dispúsose San Nicolás a echar la bendición, y en el mismo instante se le reveló que aquellos tasajos no eran de otra cosa que de carne humana. El ventero era un asesino que, de vez en cuando, mataba a un huésped y salaba la carne, que ofrecía después a otros. Las últimas víctimas habían sido tres adolescentes, que yacían ahora—si a eso puede llamarse yacer—despedazados en una cuba, San Nicolás acusó al ventero de su horrendo crimen y, como el mal hombre la quiso negar, el Santo conminó a todos a que le acompañasen a la bodega o despensa, donde, puesto en oración frente a una cuba, salieron de ella los tres muchachos vivos, que dieron gracias al Santo por su intercesión.
Registrado este milagro apócrifo para explicar al lector el sentido de la más acostumbrada representación de San Nicolás, nos queda por decir que el obispo vivió santamente hasta los sesenta y cinco años de edad y que se da como fecha de su muerte el 6 de diciembre del 345. Enterrado en la iglesia de Mira permaneció el cuerpo de San Nicolás por espacio de setecientos cuarenta y dos años, hasta que, habiendo pasado la ciudad y todo aquel territorio a manos de los sarracenos, cundió en las poderosas ciudades italianas, donde la devoción al Santo era muy viva, el propósito de realizar una expedición para el rescate de sus restos mortales. Donde más intensamente arraigó el propósito fue en Venecia y en Bari. Los de está última ciudad dieron cima a la empresa utilizando un barco que en apariencia iba a llevar trigo a Antioquía. Lograron apoderarse de la venerada reliquia y desembarcar con ella en Bari el 9 de mayo de 1087. Allí reposan desde entonces los restos del Santo, que por eso es llamado de Bari, y la ciudad es centro de peregrinaciones de devotos de todas partes. Es santo Patrono de Rusia, cuyo último zar llevó su nombre y donde la Iglesia cismática celebra la fiesta de la traslación de San Nicolás. El número de rusos que afluían a Bari antes del comunismo era tal, que hubo en la ciudad italiana una hospedería y un hospital moscovitas.
San Nicolás es patrono de marinos y navegantes, porque se cuenta que en una ocasión aquietó las olas enfurecidas, salvando un barco próximo a zozobrar. Y es él, bajo su propio nombre en países católicos, y como la mítica figura de Santa Claus (Saint Nicholas—Sint Klaeg— Santa Claus ) entre protestantes, quien trae juguetes a los niños. Ha resultado, en verdad, "vencedor de pueblos' por la universalidad de la devoción que inspira.
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